Paco Hernández y el arte en Vélez-Málaga

LA PLAZA PÚBLICA / Antonio Jiménez / delagora.blogspot.com / DIARIO LA AXARQUÍA / 16-4-2012

Que la muerte de Francisco Hernández Díaz es una pérdida irreparable para el patrimonio cultural de Vélez-Málaga, lo sabe, o intuye, hasta el veleño más distraído, desinformado o alejado de la dimensión culta, en la que Paco ha venido reinando como nuestro santo y seña. Y así seguirá, por los siglos de los siglos, ya como histórico mito. Porque — precipitémonos a manifestarlo —, Paco no solo ha sido nuestro más grande artista (junto al legendario Juan Breva), sino que, sobremanera, su personalidad, su carácter, su genialidad de pintor (de ‘pintor absoluto’, como lo definiría Mario Virgilio Montañez en Sur 2007 con motivo de su exposición antológica en el Museo del Patrimonio de Málaga) fueron el factor motivador y aglu- tinante de ese fenómeno del arte que durante la segunda mitad del pasado siglo Vélez patrimonializó para la his- toria, a modo de potente lanzadera del perfil de ciudad culta que, ¡si los veleños supiéramos rentabilizarlo !, debería continuar identificándonos pa los restos.

Un fenómeno de tal envergadura, ante el que nuestra universal María Zambrano, desde la distancia, allá por los 90, se quitaba el sombrero: “Siendo el arte un don recibido y, al par, una aspiración humana, resulta un tanto misterioso que se den lugares privilegiados, como mani- fiesta ser este pequeño rincón llamado Vélez-Málaga. El que sea mi tierra natal nada influye en mi reconocimien- to de este hecho extraordinario. Más lo decisivo es que se produzca precisamente allí. Algo ha de haber allí, algo ha de haber en la luz, en el aire, en la brisa y en este lugar de Vélez-Málaga. Algo además de lo enunciado, incog- noscible y desconocido, como sucede en todos los luga- res privilegiados. Descifrarlo no es posible, como tampo- co lo es que el pensamiento filosófico, la poesía y la música hayan florecido a lo largo de la historia en luga- res privilegiados. Me permito ofrecer este misterio glo- rioso a quienes a él son sensibles; yo, por mi parte, deseo hoy enunciarlo, celebrarlo y cantarlo”.

Antonio Segovia Lobillo, más cercano, desde dentro, lo cuadraba y fijaba así en su libro Historia del arte en Vélez-Málaga: “De los viejos textos consultados para obtener, o deducir siquiera, los probables antecedentes de la pintura veleña, apenas si hemos hallado dato de inte- rés, hasta más atrás de doscientos años, que por sí mismo demuestre que se diera en otro tiempo con algunas de las características de ahora. Y debe ser así —aunque sin negar absolutamente que algo ha debido de existir— porque todo fenómeno, y el de Vélez lo es, lleva por naturaleza el carácter de irrepetible; es decir, que no es cíclico y, por tanto, no sucederá otra vez”.

Y es que el pueblo de Vélez —más acá de ser inmorta- lizado por don Miguel de Cervantes en el Quijote—, desde su legendaria fundación por Hércules (el de las columnas del Estrecho), siempre fue un pueblo agrícola, de funcionarios y comerciantes; con, a lo sumo, algún que otro político principal (Federico Vahey o Rodrigo Vivar) o un hijo bastardo de Felipe IV (Fray Alonso de Santo Tomás), pero en general de espaldas por completo al mundo de la cultura y el arte. Hasta que —tal vez ins- pirados por la luz, el aire o la brisa de la alusión zambra- niana— por nuestras calles del decenio de los 40 del pasado siglo se encontraron dos personalidades de excep- ción, Paco Hernández como genial artista y Antonio Segovia como intelectual del arte, que juntas, en un pro- ceso de mutuo enriquecimiento, además de poner la pri- mera piedra de su constitución, lo animaron y consolida- ron como ese ‘hecho extraordinario’ al que los más jóve- nes de la época —los Evaristo, Guirado, Cipriano, Lobato, Bonilla, Gallardo, Valdés o Hidalgo, entre otros—, entusiasmados se sumaron en tropel. Más los casos singulares de Barranquero, Berjillos o Carmen Jiménez. Paco Hernández, en efecto, ponía la mano que con sus precoces exposiciones revolucionaría la pintura en la Málaga de los 50 y Segovia Lobillo, con su pensa- miento y su crítica, a través de las ondas de Radio Nacional y la página 7 de SUR, difundiría la llamada pin- tura veleña a los cuatro vientos. ¿La primera piedra?, en

efecto: los pocos casos de aproximación al arte pre-Paco —Antonio de Vélez, precursor de la vanguardia españo- la de la época; el barbero Muñoz Anglada, los acuarelis- tas Juan y Paco Clavero, todos ellos marchados a Cataluña, o su hermano mayor, Vicente, que le enseñó a manejar el óleo— no pasaban de meritorias prédicas en el desierto, perdidos en las tinieblas del duro tiempo que les tocaba vivir. Naturalmente, todo esto cobró vida propia en la posterior búsqueda de precedentes, tras la irrupción del insólito e histórico desafío cultural que Paco Hernández & Antonio Segovia, “tanto monta, monta tanto”, nos lanzaran.

Llegado desde su natal Melilla a aquel dolorido Vélez del año 40, con apenas siete u ocho años, era conquista- do para la pintura, tiene confesado, por la geometría reli- giosa de la iglesia de Santa María, allá, ella, en todo lo alto de La Villa. Zagal aún, entre los 14 y los 16 años, ya dejaba su sello indeleble en tres frentes de su temprana vocación: la religiosa, con el Vía Crucis de 1946 que se conserva en la iglesia de El Trapiche; la intimista, con su Autorretrato de 1947. Y la popular, en la Libreta rayada con 32 personajes de la época, que medio siglo más tarde serían publicados en el Cuadernillo de la Feria de San Miguel de 2001; él mismo, que escribió una nota al oca-

sional editor, así lo explicaba: “Quieren publicar, resca- tándolos y desempolvándolos, aquellos primeros dibujos de una edad temprana, allá por los años 46-47 del pasado siglo, que emocionado recuerdo. Época que sin recursos, estímulos económicos ni antecedentes artísticos, en sole- dad total, únicamente guiado por una apasionada afición, fui capturando con mi lápiz, tanto a personajes populares [Paco Marrones el correó, Juanillo el rata, Cañete el chófer, Paco Alba el peluquero o el sastre El calentito] como a destacadas personalidades de aquel momento [Eugenio Morales, D. Manuel Valle, D. José Peña, Ventura Cuenca, Antonio Checa o el maestro Moreno Luna], pasando a ser una galería de inestimable valía que hoy, como testimonio de posteridad, vence al tiempo y al olvido”.

Después, el servicio militar, las aludidas exposiciones exitosas en la Málaga de los sesenta (salas de la Prensa y la Económica), los encargos a manta, el estudio cedido graciosamente por Pascual Taillefer, la amistad con Eugenio Chicano y Madrid por indicación de su padre, …donde en 1964, en plena fiebre creativa, por encargo de Miguel Narros director del Teatro Español realiza los decorados para la Numancia de Cervantes; al que en 1997 le volvería a ilustrar la edición ‘veleña’ de El Capitán Cautivo. Y la Bienal de Venecia por partida doble, la del 66 y la del 70, esta ya con sala propia. Un tiempo experi- mental, de clara vocación vanguardista, que culmina con el Tríptico de Venecia para la Bienal del 66, la creación medular de toda la obra de Paco, su más ambiciosa y depurada contribución a la pintura española contemporá- nea; a pesar de lo cual, prácticamente en paralelo con el Tríptico, realiza La familia Morales, un enorme retrato colectivo realizado a tinta china sobre madera, cuyo apa- rente clasicismo no excluye que, en opinión de Enrique Castaños Alés, sea “su obra más excelsa. Aquí —añade el prestigioso crítico—, la mirada de Hernández es clara y despejada, contrastando vivamente su estilo, un realis- mo atravesado de destellos suprarreales, con ese trasfon- do necrófilo que advertimos en los cuadros del pintor rea- lista Antonio López”.

De ahí, los muñones (Fuga, Diálogos), la queja airada (Alegoría del cante jondo), el Mediterráneo (sutileza sen- sual, aligerados arabescos, azules imposibles), los temas religiosos (La Virgen y el Cristo crucificado + iconogra- fía semanasantera), los murales desde San Pedro de Alcántara a Cómpeta o Nerja, pasando por Málaga, …y Vélez, siempre Vélez, latiendo en su obra. De su valien- te y postrer giro copernicano, ‘de lo pictórico a lo lineal’, en sus últimos cinco años, él mismo lo explicaba así: «Estoy renovando mi pintura; si me parara, me moriría. No importa la edad que tenga el pintor, quien está en el arte no tiene fecha de nacimiento, siempre que haga arte de verdad. Me he entregado al concepto lineal pues hay que salir de las formas tradicionales para que sean las líneas las que conformen un nuevo lenguaje, una aporta- ción ulterior. Es un nuevo amanecer, un nuevo reto, un nuevo encuentro que demuestra que en el arte no se puede parar, hay que experimentar en un incesante avan- zar. No me importa cómo me clasifiquen porque lo único que me preocupa es una tela en blanco en la soledad de mi estudio. Eso es lo que de verdad me crea incógnitas y me hace sufrir, aunque también gozar. Para estas encruci- jadas del camino de la pintura, y de la vida, siempre nos quedará Pablo Picasso como bandera y guía». Senda de la que el díscolo Paco se desviaría, como llevándole la contraria al malagueño inmortal y rojo, plantando al final de sus días su Martirio de San Pedro en los Museos Vaticanos.

Por último, particularmente y como veleño, quisiera dejar sentado que mi mayor agradecimiento a Paco se lo debo por el inmenso poema que, todavía con la sangre caliente, le dedicara a aquel Vélez de los 60.

Descansa en paz, maestro, allá en lo alto con tu retrata- do San Pedro (al que yo encarné aquí abajo a la mayor gloria de la punta de tu lápiz, ¿recuerdas?) , que para eso te lo has currado de lo lindo.

“Que la muerte de Paco Hernández es una pérdida irre- parable para el patrimonio cul- tural de Vélez-Málaga, lo sabe, o intuye, hasta el veleño más distraído, desinformado o aleja- do de la dimensión culta, en la que Paco ha venido reinando como nuestro santo y seña”

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