Vicente Hernández Díaz- Un artista olvidado de la AJarquía

No se escucha voz alguna que digan algo de los olvidados, esos artistas de la vida que atendiendo a las realidad que les toco vivir, acudieron al arte de pertenecer a un mundo de siluetas y sombras, y los hay de todo tipo, hombres normales que atesoran los merecimientos propios de su querencia y estirpe, raza que en su piel, es generacional como las capas de una cebolla infinita, esos hombres caballeros del campo que te saludan con sombrero en mano y que tienen su bella historia de tiempos. Es un arte para contar. Hay artistas que hicieron lo suyo ayer y que los de hoy aun conociendo lo que hicieron, no prefieren poner al día los merecimientos que poseen, ya que significaría un trabajo, cuya luz no saben a donde deben iluminar. Ese es el caso de Vicente Hernández, hombre preocupado por que Vélez saliese de las sombras y pudiera ejercer de faro cultural, cuyo resplandor fuese la guía que ahora es. Ese precursor de la pintura y las exposiciones en Vélez es Vicente Hernández, y hoy le rindo un Homenaje, recordándolo y proclamando su valía como persona y artista.

ANTONIO SEGOVIA LOBILLO ESCRIBIO:

No habría mejor sitio que este, tan de blanco, recatado e intimo, justo lugar para la amistad y el arte, si tuviésemos que elegir espacio’ preferible para colgar los cuadros de Hernández y estar con presencia tan grata de tantos amigos.  Lo público y abierto, si bueno por eso, incurre en falta de concentración, que es lo contrario de lo que la pintura pide.

Es corriente entender que un cuadro, como los que vemos aquí o en otras exposiciones, de este o de otro pintor, proviene del entretenimiento y de la técnica, de horas holgadas, de vocaciones estimables, de manuales para el tiempo perdidos sin otra aventura, ni otro dolerse, ni otro soñar.  Y puede que lo haya -y lo hay, qué duda cabe-, Pero tenemos que desmentirlo si seriamente de arte se trata.  Un cuadro es un golpe de otro respirar, como la sangre y el aire; color y contexto que conmueven y apasionan si llevamos una chispa de cosa por dentro.  Resulta de una suerte de batalla que se libra allá dentro y a solas consigo mismo.  Y esto es duro de tan hermoso como es.  Por eso, algo tiene de reconocimiento que a un cuadro, a la creación total de un artista, se le llame dignamente obra.  Y obra, ese argumento que contemplamos y aplaudimos, es creación de un más allá que se da a conocer en nuestro más acá.  Un sentimiento que se identifica y expresa en colores con oficio de decir, como la poesía es una revelación a voces del hondo silencio humano, No hay artista que, a su manera, no dé cada día gracias a Dios de serlo.

Un cuadro merece cuando menos un respeto y, en los casos de excepción. yo diría que hasta un acatamiento.  Algunos, por su celebridad, ya lo merecieron como pantocrátores de divinidades, composiciones definitivas, paisajes deslumbradores, testimonios de nuestro tiempo.  Ese mismo respeto cuando menos, si no acatamiento, nos produce este conjunto de cuadros de Vicente Hernández,

.Pero hay que detenerse en los antecedentes artísticos de Vicente, por lo que su pintura evoca de guadiano curso, de largo meditar, de oscuro sueño y hasta diríase -y esto bien lo sabe él- de callado drama, porque drama en estos casos no es doler sino esconder.  La vida del pintor es un poco más complicada que la de los demás.  Yo no voy a decir que distinta, pero sí que funciona de otra manera y tiene el mérito de que intenta trabajar por hacernos más felices.  Al me nos se cuida de que contemos con una base estética en que apoyar nuestras vidas.

Hernández se inicio como todos en la pintura con aquellos colores glorificados para vírgenes y ángeles de sacristías, temas inevitables para la complacencia y el comienzo.  Colores influidos de una popular adoración, que parecían caer en confidencias y rehuir de la luz sumiéndose devotamente en azules y negros, grises y verdes, marrones y púrpuras, para componer un tema a punto de bendecir, casi de doméstico santoral.  Hay en su casa, por fortuna, algunas de esas vírgenes.  Y digo por fortuna porque, cuando un pintor ha llegado a su madurez, resulta encantador conocer lo que hizo cuando niño.

En Vicente ocurrió luego lo que a pocos pintores les ocurre.  Contra esas limitaciones plásticas, luchaban sus claridades de ideas; contra esas oscuridades, se alzaban sus luces.  Entre lo que estaba haciendo y lo que quería hacer, se daba una abismal diferencia.  A veces la Interpretación y la técnica acusan cierta torpeza a la hora de felices ideas, que por eso no tienen salida al mundo del conocimiento.  Alguien por su anticipación llamó a Vicente “teórico de la pintura”.  Y a mí me consta por las largas horas con él.  No podía por esta razón ser un pintor de aburrimientos, con las mismas copias y si acaso alguien breve apunte de las afueras.  Y dejó de pintar.  En lugar de presentir la Pintura, que es indicio de ocurrir, la sintió tan solo, que es un modo de sufrir.  Y claro que le costó; no quería desmentirse tanto.  Y esto lo hizo después de haber puesto en marcha, por los años cuarenta, la pintura veleña y de haberse adelantado, con el mismo sentido colectivo, a la bien llamada “Generación del 50”. aunque aquí,, en Málaga, no se le tuviera en cuenta a la hora de aquel homenaje de hace un lustro, ni recientemente en la reunión del Cenachero, olvido por otro lado perdonable si es verdad que el tiempo lleva las cosas a su sitios que en Hernández yo confío lo será alguna vez.

Treinta años después Vicente vuelve a pintar.  Veintidós oleos, por agosto del 80. optaron por deslindar entre brumas los primores de las formas, ofreciéndonos repentinamente una pintura distinta.  De algún modo habla superado el tema el color.  Tanto tiempo alejado de la práctica de la pintura le había hecho soñarla y concebirla de diferente manera, aunque cayera en algunas lógicas contradicciones Soñar y crear, estar quieto y trabajando, dormido y cavilando un porvenir de ideas, Eso fue lo suyo.  Temas deslindados de sus tradicionales reposos, echados a volar, como flotando a mitad de la realidad y del sueño. ¿Como es posible, nos preguntábamos sus amigos, que su pintura, dada ya por perdida, surgiera evolucionada aún en crisis de oficio?  Vicente, a buen seguro, habría estado pintando en no sabemos qué región de los sueños.

Hacía falta decir todo esto para comprender mejor al pintor y su obra.  Vicente no es artista que imponga el tema en el lienzo; que lo acepte el espectador si quiere.  Ni que golpee la frente mosaica del cuadro; que 61 lo quiere para gozar, no para desesperarse.  Es lo suyo asunto de meditación.  El tema lo desliza y sujeta, lo evoca y sugiere.  Si antes habla el riesgo de que con tanta bruma los temas perdieran su identidad y sus levedades, ahora resultan nuevas ideas y otras estructuras, sin desmentir el mismo punto de partida.  Y no a fuerza de golpes de materia, sino acariciando ésta, enterneciendo el color y sometiéndolo a rastra sensual sobre el lienzo.

Estamos en su obra actual.  Son estos cuadros diferentes, preocupados, con la geometría para nuevas experiencias.  Digamos sinceramente que sus óleos insisten en optar por una simplificación de la pintura, con cierto razonable temor a poblar por ahora la desierta dimensión de la tela, aunque con ejemplos, como los retratos, ciertamente conseguidos.  Grandes espacios, como los blancos, le sirven a Hernández para expresar una síntesis, desprovocar una violencia dar señales de un movimiento, desplegar líneas como flechas en oblicuas direcciones hacia no se sabe dónde, meter un marco en otro marco, imponer en fin unas obediencias.  Y esto no está hecho de la forma que antes se capricheaba en pintura.  Hay unos antecedentes, existen unas motivaciones.  Hay en suma un pintor en la clave de todo esto.  Composiciones en azules y blancos; bodegones con aquellas suavidades; espacios no sé si para un grito o una soledad; ataduras con las que detiene una conmoción y la hace visible; metamorfosis en homenaje a Kafka, dice Vicente que no por su existencialismo creo yo; nudos que aparecen solitarios o en un retrato un frutero, un paño o en la caracola fósil o componiendo un cristo desfigurado pero cierto.  Todo eso resume, queridos amigos la obra actual de Hernández, ante la cual, por esa fuerza atada,, por esa dinámica que encierra, por ese placer que proporciona, no nos podemos quedar parados.  Ante su obra hay que echarse a pensar y, si es posible, sentirse parte de ella.

Antonio Segovia Lobillo

Málaga 28-06-1985

 

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